sábado, 12 de junio de 2010

Un martes cualquiera , por Pakito uruzú

Variaciones sobre un texto de R. F.

Camino del aeropuerto, en el diminuto espejo veo cómo el taxista suda y pestañea en largos intervalos. Adivino que está intentando sintonizar alguna emisora en la vetusta radio y también yo empiezo a pestañear en largas pausas y giro levemente la cabeza y trato de concentrarme en el paisaje que se desliza hacia atrás, llevándose algo que apenas siento: el tiempo y los recuerdos.
A los costados la exuberante vegetación del parque Ñu Guazú se despliega y aunque los vidrios están levantados, presiento el viento que agita las hojas de largas hileras de eucaliptos y me dejo llevar por la nostalgia dulce que nos promete cosas extrañas siempre, en cada regreso.
Entonces, por los parlantes empieza salir una voz de viejo, de viejo carraspero, de un joro intelectual que aparentemente es entrevistado: “Aunque tal vez sea la única, poseo una enorme ventaja sobre la mayoría de los hombres: a mí sí me gustan las mujeres con celulitis, adoro tocar y besar sus tejidos destrozados, sus pieles arenosas cruzadas por ríos blancos. Naturalmente que en eso que para muchos es un defecto o una enfermedad radica gran parte del ser femenino, para la mayoría de los moralistas del sexo una mujer con celulitis equivale a lo que hace unas décadas todavía significaba una mujer con el himen roto, apenas la descubren se escandalizan, o si no al menos se decepcionan: la mujer ha sido tocada por la mano lujuriosa de la naturaleza. En términos de la biología es una puta: maldición para aquellos que comparan el cuerpo de una mujer con una fruta suave y jugosa (con esas mismas palabras), la celulitis les ha partido en dos el corazón. Cuánto desearía entrar a todos los hogares destrozados por la llegada de la celulitis y cojer con todos esos cuerpos anatemizados, relegados a la media luz, al maquillaje, al exilio del ditirambo y la palabrería poética, si pudiera escoger pediría que todas las mujeres que en el futuro habrán de compartir mi cama tuvieran al menos una de esas bellas ramificaciones blancas, tan parecidas a los cauces de un río o a las líneas de una mano afortunada, de no ser así rehusaría a acostarme con ellas, como he rehusado siempre a irme a la cama con vírgenes:
¿Y por que eso señor Pou? Le interrumpe la conductora del programa.
Y el viejo parece recobrar un último aliento aguardentoso y dice “Por que, simplemente ese es un trabajo más propio de albañiles, señorita Lizpa, tirar muros de ladrillo o romper piedras,: los albañiles quieren vírgenes o mujeres tersas e impecables como las que han visto alguna vez en las portada de una revista, todos los albañiles, sean ricos o pobres, quieren beber champagne. Saber apreciar la celulitis no es fácil, una piel de 35 años surcada por esas hermosas líneas blancas podría ser algo tan refinado como acompañar un Roquefort con Sauvignon, pero carajo, educar al pueblo es tan difícil, sobre todo cuando posee vicios tan arraigados. No seré yo quien logre enderazar su camino..............” en ese mismo momento siento un fuerte golpe en la sien y me despierto, “ ya llegamos me comunica escuetamente el taxista, al tiempo que baja el volumen de la radio donde se empieza a oir un jingle publicitario cantado por un coro de niños. ..

Toda vez que he regresado de un viaje evito narrar a nadie los acontecimientos o vicisitudes que me sorprendieron durante la travesía. Desde el momento en que uno pone en palabras su experiencia algo se pierde para siempre. Si se desea que cualquier simple acontecimiento se transforme en una aventura sólo es necesario contarlo; entonces el acto más estúpido, sea éste dar de comer a las palomas o hablar con un desconocido en la plaza, adquiere un peso inédito, histórico. Hace tan sólo dos días le he preguntado a un vendedor de loterías acerca de los subtes que se detenían en Manhatan. El tipo de la estación me ha respondido: “Todos los trenes se detienen en Manhatan, incluso el que va a Manhatan.” Su humor no me sorprendió pues una ironía de ese talante es necesaria para sobrevivir una vez que se ha respondido a la misma pregunta cientos, millones de veces. Por otra parte, no comprendo mi afán por preguntar naderías incluso en un idioma que desconozco. Después de todo las señalizaciones son muy claras y los horarios se cumplen con puntualidad. Especialmente en NY.
Me imagino que mi obsesión interrogativa se debe a que cultivo una desconfianza ancestral hacia mi entendimiento y siempre creo estar equivocado. Un ejemplo que se me ocurre ahora es que cuando cursaba el segundo año de primaria mi padre me inscribió en una escuela distinta a aquella donde había cursado el primer año escolar. Apenas en la primera clase el profesor impuso a los alumnos de nuevo ingreso un breve examen para cerciorarse de nuestros conocimientos matemáticos: sumas, multiplicaciones, divisiones y restas. Debido a que mi madre no sólo me había enseñado a leer sino a realizar cuentas sencillas desde los cinco años, fui el primer alumno en terminar el examen, hecho que ya en sí me causó gran desconfianza. En lugar de entregar la hoja con mis respuestas dejando que el resto de los alumnos se concentrara en su pupitre, decidí husmear en la hoja de mi compañero de banco. Mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que sus resultados eran radicalmente opuestos a los míos; de inmediato me dispuse a copiarlos borrando con una goma bicolor mis propias cuentas. Sobra decir que obtuve cero de calificación y el profesor me colocó en la fila de los estúpidos a cuyos miembros dedicaba mayor atención con el fin de integrarlos a la clase.
Eso sucedió hace ya tantos años aunque desde entonces las cosas no han cambiado mucho para mí y siempre creo abordar el tren equivocado, ordenar el menú equivocado y recorrer las calles incorrectas. Así lo haré sin duda hasta el día de mi muerte. Y cuando alguien me pregunta qué hice durante mi viaje, en el acto respondo: pasear y equivocarme.

Es natural que cuando llego a una ciudad por primera vez comience a caminar sin rumbo durante horas. Nueva York por ejemplo. Es ésa la única manera que conozco para distraerme y, por lo tanto, para pensar. Casi todo lo que ha valido la pena vivir lo he encontrado caminando, paseando, aunque no sé si tendré la misma fortuna que el escritor suizo Robert Walser quien encontró la muerte en uno de sus acostumbrados paseos sobre la nieve.
Debido a que en Asunciónlandia no hay nieve, en caso de morir de manera repentina, seguramente caeré de bruces en alguna calle empedrada y me destrozaré el rostro.
En fin, creo que después de un viaje lo mejor es callarse y tratar de olvidarlo todo. De esa manera somos generosos con los otros ahorrándoles detalles o narraciones subjetivas e inútiles. Además no sé qué puede ser interesante de una ciudad. Las ciudades no están hechas para perderse, como quería alguien cuyo nombre no recuerdo; por el contrario, nadie puede perderse en una ciudad pues precisamente su esencia radica en ser punto de encuentro, lugar de reunión entre desconocidos.
Ahora que he llegado a Sajonia, he tardado media hora en encontrar esta piecita detrás de la Facultad de Filosofía, muy cerca del rio e instalarme: todo parece estar tan a la mano a pesar de ser un barrio de calles incorrectas.
Lo que cuesta es adaptarse a ciertos detalles agotadores, como aprender nuevamente el nombre de las calles seguras o aprender a nombrar las verduras sin llamar la atención. Pero más fácil, sin duda, que subir a un avión un martes 11 de setiembre y ya en un último momento arrepentirse y bajar. Y volver. Y estar nuevamente acá, donde empezó todo.
Sólo existe una cosa que me anima a seguir: todo está descubierto y uno sólo debe tomar algún camino.

Pakito Uruzú

1 comentario: