sábado, 19 de junio de 2010

Fuego

Una imagen brillante que cae desde un edificio. Alguien que propone una nueva muerte incendiaria. Un cuerpo prendido fuego cayéndose del cielo para ojos de espectadores perdidos. Un cuerpo, que en ojos míos, es el cuerpo de todos los cuerpos. Un cuerpo único, unidimensional, capaz de asumir la generalidad del género. Un acto altruista que nos envuelve a todos de una vez y para siempre. El pibe ubicado en una línea recta al cuerpo flamígero tiene las manos clavadas en la cara. Cualquiera diría que está inmerso en una especie de plegaria, una forma de comunicarse con la bola brillante que cae levitando en las llamas. Es un chaqueño abrumado, la cara dura, cortante, heredada de su niñez algodonera. Su cara demarca una línea que lo separa del resto de los espectadores. Al lado hay cuatro más. Uno sostiene entre sus manos un megáfono por el que intento comunicar algunas plegarias que nadie entiende. Otro sostiene bien en alto una estatua de yeso que no permite distinguir claramente a quien representa. Los otros dos parecen estar ahí por casualidad, incluso imitarían al suicida flamígero sin muchos problemas. En diagonal dos chicas hacen malabares en un semáforo. Por mi parte me imagino siendo un malabarista en una autopista viendo pasar zumbando a los autos. Cerca mío, miles de malabaristas en otras autopistas, en fin, un desierto de malabaristas en un desierto de autopistas. En medio, un grupo que cualquiera ubicaría en alguna corriente de izquierda, con sus banderas y colores. Una marcha constante en medio de autopistas repletas de malabaristas. El que cae envuelto en llamas, ya no importa.



JM- Junio 2010

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