sábado, 1 de mayo de 2010

El viejo cacharro

Una grúa acomodó un vehículo compacto prácticamente aplastado
en el único lugar visible.
"¿Cómo estás?" -le dijo casi de inmediato, otro vehículo vecino.
"Por las perforaciones, parece que tu chofer fue una víctima
de la Policía o de los maleantes" -añadió.
El vehículo aplastado no contestó, parecía tímido, o
abrumado por el futuro que le aguardaría en el sitio.

Mi viejo cacharro, que se encontraba de visita en el lugar
debido a un reporte de asalto con violencia, intervino
en el diálogo: "¿te duele algo?" -dijo.

El encargado del lote de autos se acercó parsimonioso con un
martillo, parecía dispuesto a desvalijar al nuevo inquilino.
Pero no, se bajó los pantalones y cagó en el piso.
El olor era insoportable, tenías que taparte las narices.

El caso es que yo estaba preso en la procu, o mejor dicho
en las oficinas del departamento de robos con violencia,
esperando a mi mujer, que viniese a atestiguar que yo no
robé su auto, o peor, que sí lo hice.

Mi esposa llegó con un ejército de personas influyentes,
amigos de los amigos del procurador, esposas de los amigos
de los empleados de intendencia en la oficina de robos.

"Mi esposo es diabético, tiene artrosis, tensión elevada
y escribe poemas, si no lo liberan puede morir" -dijo.
Todo era tan sencillo como aclarar de quién era el auto
y quién demonios habría hecho llegar el reporte.

Aparecieron abogados, abogados de los abogados y asesores de
los abogados. Llegó el departamento jurídico de mi Universidad.
El jefe volteó para ver a todos y dijo: "puede irse".

Pero nuestro viejo cacharro se quedó meses y meses a la intemperie,
mientras no aclarasen el motivo del robo.

"¿Qué historias habrás conocido?, viejo cacharro" -le dije
cuando regresamos por él al corralón. "Te contaré algunas,
anciano poeta" -contestó. "pero primero llévame a casa para
tomar una cerveza".

No hay comentarios:

Publicar un comentario