miércoles, 21 de abril de 2010

Mburuku, un relato de nuestro broder Xiru Damian Cabrera





mburúku



-Terehóna emba’apo mba’e, nde jurujái!

-No es ko eso. No me gusta nomás.

-Lo que pasa es que Miguel oñembochúchi. Pero fijate-na, ch’amigo: Acá vamos a comprar una petaca, vas a licuar el mburukuja, le ponés un poco de azúcar y ya hacés un coctel del chupete. Ni diez mil no vamos a gastar. Si te vas a uno de esos bares chuchi te van a cobrar cincuenta mil por ahí.

-Más caro te van a cobrar.

-Y bueno, no sé cuánto, pero a quién pio lo que le queremos joder. Ñandesogue ningo, ajéa? Ha vare’áreko oiméa mba’e ja’u va’erã... Ñande rapicha arriéro jepe!

-Itavýma kóa.

Tres cráneos pequeños, como los de los monitos. Se los abre por la mitad y se les extrae los sesos con una cuchara sopera; luego, a la licuadora. Las semillas poseen varios aceites escenciales pero amargan el zumo; hoy no hay espacio para "delicadezas", así que adentro, casi negro. Se mezclan caña y jugo en proporciones iguales, y cinco cucharadas de azúcar por litro del brebaje. No, no es jugo loco, se insiste: mburúku para los mingueros -aprendéd, oh profanos bizantinos-.

-Yo prefiero la cerveza legalmente.

-¿Y vos tenés suficiente plata? Porque nostros no tenemos. Así que rembohasáma chéve la nde die-mil’i ky’a ha jajoguáma la káña oñemboty mboyve ñandehegui la despénsa.

El primer sorbo quema la boca, y la nariz se congestiona por unos instantes como si uno fuera a estornudar. Pero el paladar se acostumbra pronto, las papilas gustativas prueban lo agridulce de la fruta. Empieza a narcotizar: el mburukuja surte sus efectos sedativos, la lengua se adormece, los ojos entornados y la caña superponiéndose -debilitamos al boxeador para que resulte más fácil noquearlo, y en ello nos hacemos felices-.

-Cuando tomo me sale el indio. -Le emborrachás, con método. Entonces cede sin mayores inconvenientes. Se acuesta; y si se duerme, es fácil doblar e invertir las jerarquías-. Si mi mamá se despierta y me ve así.

-Ella sabe que estás acá y que estás tomando.

-Si se despierta y me veeeee...

La flor hipnotiza. Los mamangá se lo pasan chupando sus néctares haciendo vibrar los estambres con un movimiento que evoca la cópula. ¿Terminarán sedados en colmenas y nidos que no imagino?

(Yo no sé cómo lo que toma Alfredo. A Cele se le adivina que i-trágo-guasu; tiene que irse enseguida porque mañana temprano tiene que trabajar y quiere emborracharse más rápido. Lo que hace Nilson si que me parece asqueroso, pero yo todavía no le vi: Toma un trago grande y después escupe otra vez sin que nadie se dé cuenta, dice que; muchas veces ya le pillaron ya pero siempre niega -yo lo máximo unas burbujitas lo que he visto en su vaso, pero puede ser de la espuma nomás-. Yo sí, no niego luego, yo coloreteo nomás. Pero a Alfredo no le pillo todavía su trago. Parece que coloretea, pero igual nomás se emborracha. No es como yo. Yo a veces finjo que me emborracho, finjo que tomo y siempre me pillan y me retan. Pero él parece que no toma y se emborracha igual.)

-¡Miguel, vos no estás tomando, nde inútil!

-¡Claro que estoy tomando!

-¡No estás tomando! ¡Ya te pillé todo! Ahora mismo me vas a tomar un fondo blanco si no querés que te de un apysarapo jefe.

-¡Yo no voy a hacer fondo blanco! -Me agarra de la remera y me mira a los ojos apretando los labios; el vello de dos días le imprime un aire de indigencia-. ¡Soltame, Alfredo, o si no!

-¡O si no qué!

-O si no calmate...

Soy conciliador, hago el fondo blanco al final. Por un instante se me nubla la vista. Ahora da más gusto. Pero no, no me voy a dejar emborrachar. Hasta ahí nomás yaaa. Ya da ya, ya da ya, porque si mi mamá se despierta y me veeeEEE...

(Demasiado fuerte gua’u habla Alfredo. Ñémbo agresivo gua’u es. Ahora me doy cuenta de que está bien arreglado, se peinó y todo luego ngo.) Se ve bien y habla fuerte. Quiere hacerse notar, ahora más que nunca, más que anteayer. (Y los perros le miran y dicen ¡ah! ¡A la tuti!) Pero yo sé que él no es así. En el fondo quiere caerme bien, cree que no puede pero lo intenta de todos modos: Cree bien. Yo no te veo ASÍ, Alfredo, te veo de otra forma. (Sabe que comparado a mí es un pichõ. Cierto que yo no sé hablar guaraní, y no me sé pelear tan bien como ellos; igual nomás él es mi segundo.) Mi subalterno.

-A mí no me vas a emborrachar, Alfredo.

-¡Quién dijo que quiero emborracharte?

-Te aviso nomás, para que sepas.

Anteayer:

Nos metimos a una pileta que debería haber servido apra preparar mezcla; hace mucho, aquí iban a construir una ciclovía, pero el proyecto quedó por el camino, así que acá no hay mucho que hacer. Los muchachos suelen meterse allí para fumar a escondidas, pero La pileta es más conocida por sus utilidades moteleras.

Alfredo estaba helado. Me apoyé contra el muro, bien junto a él, y por un instante me dio la espalda para orinar. Estaba medio derrengado y eso me provocó más lástima, pero no le dije nada, se habría molestado -esas cosas no se dicen-. Terminó de orinar, pero se quedó en la misma posisión, con el cierre abierto, por un rato más. Olía mal. Seguro que llevaría algunos días sin bañarse, pero era comprensible.

-¿Cómo que con tu hermano?

-Sí, chera’a. Ndaroviaséi.

Él hinchaba con una chica muy especial: Era titiritera. Había sido una relación de las que llaman “tormentosas”. Él la trataba como una mierda, y viceversa; pero se querían.

-Resulta que ella es mala, y quiso vengarse de mí y por eso se metió con mi hermano.

-¿Y no hablaste con él? ¿Él qué te dice?

-Dice que aperdekuaaporãntema’arã porque él no le va a dejar.

-Áihue... ¿Y vos qué le dijiste?

-Le dije que ella era una puta y que yo cuando quiera le voy a comer.

Estuvimos así recostados un rato, hablando del hermano de Alfredo que se había ido con su ex titiritera. Más tarde le dije a Alfredo que olía algo mal, y él me dijo que no me fijara, entonces me puse a respirar por la boca.

-Alfredo...

-¿Ahora ya?

-...

-Bueno entonces...

No debí haber tomado tanto, pienso. Me tapo los ojos con el reverso de mis manos. Somos cinco, sentados en la madrugada, contertulios en el tedio trasponiendo el sopor como hímenes sucesivos, membranas que ceden a la presión con un espasmo eléctrico; eso de celebrar sentados, en silencio, en grupo pero solos, tiene su mística: manoplas en cada una de las manos que mueven los labios sin articular palabra alguna -no más palabras que las que nosotros les imponemos para contar un chiste con moraleja-.

-Eso no va a volver a pasar. ¿Me entendiste? Al menos no por ahora.

-...

-Y no quiero que me molestes más, ¿entendiste?

-...

-¡Entendiste te pregunté!

Una media agujereada. Le pongo ojos. Le pinto una lengua. Se llama Alfredo. Le hago hablar, o mejor no, eso es muy romántico. Hago que diga barbaridades, no, más romántico. Le hago cantar algo a lo Plaza Sésamo. Nunca voy a estar satisfecho con las ideas de compromiso.

Los muchachos están muy cansados. Se van rindiendo cada cual a su tiempo. Uno se despide, el otro quedó rendido en el sillón de mimbre. Alfredo y yo, en el ring.

-Quiero tomar más.

-Yo también.

-Vamos a lo de Rubinho.

-¿Será que va a estar abierto a esta hora?

-Ja-avrikáta chupe.

-Ahí no va a haber mburúku.

-Yo sé luego, nde estúpido. Jaha katu.

-Jaha.

(Yo no sé si este Alfredo lo que quiere es pegarme o qué lo que es su problema.) Me mira sin mirarme. Yo te veo mejor, Alfredo, no como quisieras, pero te veo bien. ¿Cómo me ves, Miguel? Yo no te veo, Alfredo, recluta, ¡irp! ¡Bicho!

-Olha que horas são! A essa hora ’çes me encomodando! ’Çes não trabalha nao, é? Não vem me encomodar mais, ouviram! Seus merda!

Nos tomamos la cerveza aquí mismo, en el portón.

Rumbeamos hacia nuestras casas. Alfredo viene arrastrando los pies, y su cabeza da tumbos tristes sacudiendo su pelo. Ahora ya no me mira, da la impresión de que camina con los ojos cerrados, pero está despierto. De vez en cuando eructa y nombra a su hermano y a su ex, la que le corneó.

Lentamente -no sé si él se da cuenta de entrada- voy desviando nuestro camino. La piscina está cerca, y... ¡pero él no es tonto!, lo sabe.

-Miguel, demasiado rápido ya caminás.

-Apurate sí que.

-Esperá. Vamos más despacio nomás.

-Bueno, vamos.


Damián Cabrera

19 de febrero de 2010

Minga Guazú, Paraguay

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